Hace unos pocos años, la Navidad significaba ropa interior sexy y llamados telefónicos durante toda la noche, rezongar un poco por las líneas congestionadas y pasar la noche imaginando lo que hubiera sido pasarla junto al hombre que amaba.
Hace unos cuantos años, la Navidad era ir a la casa de mis tíos, de mis abuelos, festejar en familia y extrañar a esa otra parte de la familia a la cual nunca veía y de la cual me sentía parte. Tal vez porque aceptaban sin discutir mucho, tal vez porque eran tantos que no había tiempo de andar notando cada pequeño detalle desagradable, si algo no les gustaba sólo se alejaban.
Hace muchos más años, sin embargo, la Navidad era algo grande: era vestirse lindo y oler a jazmines, era esperar el atardecer porque sabía que llegaba ese momento en que papá ponía el auto en marcha y, finalmente, nos poníamos en camino a la casa de mis abuelos paternos donde nos esperaba una familia enorme, con primos molestos y primas a carcajadas, donde había un árbol gigante lleno de luces y adornos y un tanque australiano lleno de agua en el fondo. Al día siguiente, iríamos a festejar el cumpleaños de mi abuelo materno y la Navidad propiamente dicha a casa de mis abuelos maternos, con toda la familia, donde las cosas eran más medidas y más controladas, donde nadie gritaba y nadie jugaba mucho, donde contaba más el voladito del vestido que cuán alto podías trepar a los árboles. Tal vez por eso me gustaba más la otra parte de la familia... yo arruinaba los volados trepando a los árboles.
Sin embargo nadie me quiso nunca como mis abuelos maternos, nunca jamás tuve un hogar como su casa: el mundo podía acabarse que bastaba con subirse a un colectivo y llegar al cruce de vías inmediatamente después de la estación de trenes, todo empezaba a mejorar. Sólo me veían llegar y preparaban el té, calentaban el auto y me decían que "justo" iban a ir a Luján ese día. Entonces, me subía al auto y perdía la mirada en el paisaje que se iba transformando en campo de a poco hasta llegar. Al llegar, íbamos directamente a la basílica y, al entrar, el silencio, el fresco, la media luz... toda llenaba de paz los pulmones donde el dolor ardía a llamaradas. Ellos sabían, de alguna forma, en algún momento, se dieron cuenta de que ese lugar calmaba los males del mundo en mí.
Ahora, lejos de aquellos días en que el 24 era emocionante y el 25 era el amor, siento bronca. Hoy paso las fiestas junto al hombre que amo, viendo correr a mi alrededor a hijita que hicimos juntos, bailando y hablando vaya a saber uno qué cosa y, aún así, me duele haber perdido la sensación de que todo iba a estar bien con tan solo llegar al paso nivel que sigue a la estación de trenes.
martes, 25 de diciembre de 2012
Navidades
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jueves, 20 de diciembre de 2012
De cómo crear un desafío
Por lo general me sucede que siento una gran necesidad de activdiad sexual y, cuando me cuestiono por qué no la tengo, me descubro respondiendo que él no me busca.
A ese tipo de razonamientos suelo replicarme con una inmensa lista de frases de libro de autoayuda, tales como "sé vos la que inicie el contacto" o "decíselo indirectamente" o "crea el momento del encuentro". Y ahí me freno porque me doy cuenta de que si sueno como una publicidad de Quilmes es que algo no anda muy bien.
Entonces me cuestiono de verdad por qué no. Por qué no pasa nada cuando estamos juntos en el sillón o cuando estamos solos por la tarde o... Y me doy cuenta de que él sí me busca, pero no cuando yo quiero o puedo. Me doy cuenta de que me busca cuando estoy haciendo algo, cuando prestarle atención implicaría dejar de hacer lo que estoy haciendo. Durante mucho tiempo esta situación me molestó pero ayer, después de dos años, ayer, me dí cuenta de que es su manera de poner picante a una situación dada: somos marido y mujer, y buscarme cuando algo se interpone es su manera de crear un desafío.
Hoy me voy a poner a lavar los platos y, cuando venga a buscarme, voy a cubrirle la espalda de espuma de detergente y estrenar la mesada.
A ese tipo de razonamientos suelo replicarme con una inmensa lista de frases de libro de autoayuda, tales como "sé vos la que inicie el contacto" o "decíselo indirectamente" o "crea el momento del encuentro". Y ahí me freno porque me doy cuenta de que si sueno como una publicidad de Quilmes es que algo no anda muy bien.
Entonces me cuestiono de verdad por qué no. Por qué no pasa nada cuando estamos juntos en el sillón o cuando estamos solos por la tarde o... Y me doy cuenta de que él sí me busca, pero no cuando yo quiero o puedo. Me doy cuenta de que me busca cuando estoy haciendo algo, cuando prestarle atención implicaría dejar de hacer lo que estoy haciendo. Durante mucho tiempo esta situación me molestó pero ayer, después de dos años, ayer, me dí cuenta de que es su manera de poner picante a una situación dada: somos marido y mujer, y buscarme cuando algo se interpone es su manera de crear un desafío.
Hoy me voy a poner a lavar los platos y, cuando venga a buscarme, voy a cubrirle la espalda de espuma de detergente y estrenar la mesada.
lunes, 17 de diciembre de 2012
La sutileza
A veces, la sutileza cuesta.
No es que uno ande por la vida en un furor constante pero sí vagamos por las calles de la ciudad restringiendo nuestros impulsos a tal punto que si hubiere una provocación, cualquiera, estallaríamos en gestos exagerados.
La sutileza su vuelve, así, una cosa extrañísima porque quién no anda por ahí teniendo bien fuerte las riendas de su deseo... ¿quién?
Es por eso que se nos vuelve casi imposible sostenerle la mirada a quien sabemos nos desea secretamente, o hablarle a quien odiamos de labios para dentro: porque si hiciéramos el más mínimo gesto, todos los demás lo seguirían. La mirada misteriosa se volvería labios humedecidos por una leve lengua que busca aliento, ojos que se entrecierran y un cuello que se entrega a los besos... Las palabras corteses no podrían contener la ironía acompañada de una mueca delatora y un meneo desenfadado que anticiparía el cachetazo impune...
No, si yo les digo: la sutileza es muy difícil de conseguir estos días.
A veces, cuando me mira desde el mentón hasta el escote, me sonrojo, pero no lo miro. ¿Qué sería de mí si lo hiciera? Y en ese gesto de insufrible e insoportable retraída habita toda mi sutileza: quiera Dios y los astros que nunca ceda.
No es que uno ande por la vida en un furor constante pero sí vagamos por las calles de la ciudad restringiendo nuestros impulsos a tal punto que si hubiere una provocación, cualquiera, estallaríamos en gestos exagerados.La sutileza su vuelve, así, una cosa extrañísima porque quién no anda por ahí teniendo bien fuerte las riendas de su deseo... ¿quién?
Es por eso que se nos vuelve casi imposible sostenerle la mirada a quien sabemos nos desea secretamente, o hablarle a quien odiamos de labios para dentro: porque si hiciéramos el más mínimo gesto, todos los demás lo seguirían. La mirada misteriosa se volvería labios humedecidos por una leve lengua que busca aliento, ojos que se entrecierran y un cuello que se entrega a los besos... Las palabras corteses no podrían contener la ironía acompañada de una mueca delatora y un meneo desenfadado que anticiparía el cachetazo impune...
No, si yo les digo: la sutileza es muy difícil de conseguir estos días.
A veces, cuando me mira desde el mentón hasta el escote, me sonrojo, pero no lo miro. ¿Qué sería de mí si lo hiciera? Y en ese gesto de insufrible e insoportable retraída habita toda mi sutileza: quiera Dios y los astros que nunca ceda.
jueves, 1 de enero de 2009
Viajes
Me dí cuenta de que no puedo viajar en colectivo sin un libro en mi mano: me siento perdida. Es inevitable que, al sentarme, pierda la vista en el paisaje huidizo y, sin embargo...
Espero el colectivo, impaciente por subir y encontrar un asiento en el cual encaramarme para encarar mi lectura tranquila, con la ciudad de testigo fugaz. Subo, pido el boleto, me siento y abro las hojas como lo haría con un paño de seda. Leo una dos, tres líneas, un párrafo entero. Alzo la vista un segundo, reteniendo las imágenes que acaban de irradiarse a mi cuerpo desde el papel y lanzo los ojos a través de la ventana (que estará sucia) momento en el cual mi imaginación se desata: las imágenes frente a mí se mezclan con las que surgen entre mis manos y un mundo aparte cobra vida. Los personajes hacen cosas incoherentes a su historia y se transforman en otros, íncubos o sueños deliciosos que moran esos pequeños intervalos entre la realidad y el sueño, entre el cuerpo y lo etéreo que es el viaje (no estar y estar en potencia en todos lados, como una omnipresencia al precio de la ausencia).
Cuando me baje de este colectivo, las imágenes se esfumarán como los magos de los dibujitos animados. Inútil intentar retenerlas.
Cuando retome el libro, no recordaré nada de lo que intentaron hacer esos personajes mientras les abrí la jaula: serán los entrenados monitos que el escritor envió a hacerme el show.
jueves, 18 de diciembre de 2008
¿Cómo escribir?
Y uno se lo pregunta, porque necesariamente se lo pregunta: ¿cómo llegan a la publicación los que son de hoja y cartón plastificado?
Paseamos los ojos por las librerías y distinguimos nombres, títulos, encuadernaciones... y talentos. Y ahí la pregunta recrudece: ¿Cómo?
Nadie duda de la necesidad que siempre hubo y habrá de los grandes clásicos, de los fundadores de las literaturas nacionales, de quienes escribieron inluso antes de que hubiera naciones o lectores... Lectores... He ahí la cuestión: los lectores. ¿Qué clase de lector compra literatura? Aquél que bajo ningún concepto puede renunciar al principio del placer, aquél que saborea las palabras y las frases como si fueran perfume, o música. Y al saber esto y evocar la dulce sensación, surge ese monstruo peludo y oscuro por el rabillo de la mente que se escapa cuando queremos puntualizarlo: ¿es que acaso hay en la tierra gente que lee sin prestar atención a la cuidadosa elección de las palabras, a la meticulosa formación de una frase? Sí, señores los hay, porque si no los hubiera, mirando el catálogo de más vendidos, deberíamos decretar la muerte indefectible del buen gusto. Pero aunque no sean mayoría, los buenos resisten... Consuelo de las almas golpeadas por el ruido de las bocinas, por las palabras a tijeretazos de la vida diaria, por las palabras gastadas y descoloridas de tanto uso. Y después está la mayoría. Son éstos la masa informe que deglute recetas para el buen vivir, historias edulcoradas con moralina o experiencias reales de gente común, textos donde lo que importa es el contenido (preparen la soga y consíganme un ejemplar de "Prosas Profanas" para que me acompañe a la tumba). Es ése el momento de la Gran Angustia (sí, con mayúsculas como la Primera y la Segunda Guerra Mundial), cuando nos dicen que son libros de contenido... Pero... Pero...
No, inútil explicar que el ritmo y los sonidos son una parte deleitable del lenguaje, que los centauros de la poesía de Darío son más reales que los personajes de esas historias de gente común, que los poemas de Martí llegan al corazón más que ninguna novela de mujeres, que Shakespeare sabe más del espíritu humano que cualquier neo chamán del buen vivir... Inútil.
Y bajamos la cabeza y nos preguntamos en qué mundo hemos nacido para escribir, cómo es posible tener una vocación anacrónica y el corazón tan lleno de cosas que sólo pueden decirse en determinadas palabras... palabras que ya nadie entiende porque están demasiado acostumbrados a las palabras cotidianas de la gente común y han perdido el gusto por aquellas que sabían evocar la música de los faunos y las risas de las ninfas.
¿Cómo se escribe en un mundo cuyos seres han endiosado lo común, dejando sólo al vate en la selva sagrada? ¿A quién admirar y llamar maestro si las luminarias, agriadas por el descontento de la soledad, nos han abandonado?
Paseamos los ojos por las librerías y distinguimos nombres, títulos, encuadernaciones... y talentos. Y ahí la pregunta recrudece: ¿Cómo?
Nadie duda de la necesidad que siempre hubo y habrá de los grandes clásicos, de los fundadores de las literaturas nacionales, de quienes escribieron inluso antes de que hubiera naciones o lectores... Lectores... He ahí la cuestión: los lectores. ¿Qué clase de lector compra literatura? Aquél que bajo ningún concepto puede renunciar al principio del placer, aquél que saborea las palabras y las frases como si fueran perfume, o música. Y al saber esto y evocar la dulce sensación, surge ese monstruo peludo y oscuro por el rabillo de la mente que se escapa cuando queremos puntualizarlo: ¿es que acaso hay en la tierra gente que lee sin prestar atención a la cuidadosa elección de las palabras, a la meticulosa formación de una frase? Sí, señores los hay, porque si no los hubiera, mirando el catálogo de más vendidos, deberíamos decretar la muerte indefectible del buen gusto. Pero aunque no sean mayoría, los buenos resisten... Consuelo de las almas golpeadas por el ruido de las bocinas, por las palabras a tijeretazos de la vida diaria, por las palabras gastadas y descoloridas de tanto uso. Y después está la mayoría. Son éstos la masa informe que deglute recetas para el buen vivir, historias edulcoradas con moralina o experiencias reales de gente común, textos donde lo que importa es el contenido (preparen la soga y consíganme un ejemplar de "Prosas Profanas" para que me acompañe a la tumba). Es ése el momento de la Gran Angustia (sí, con mayúsculas como la Primera y la Segunda Guerra Mundial), cuando nos dicen que son libros de contenido... Pero... Pero...
No, inútil explicar que el ritmo y los sonidos son una parte deleitable del lenguaje, que los centauros de la poesía de Darío son más reales que los personajes de esas historias de gente común, que los poemas de Martí llegan al corazón más que ninguna novela de mujeres, que Shakespeare sabe más del espíritu humano que cualquier neo chamán del buen vivir... Inútil.
Y bajamos la cabeza y nos preguntamos en qué mundo hemos nacido para escribir, cómo es posible tener una vocación anacrónica y el corazón tan lleno de cosas que sólo pueden decirse en determinadas palabras... palabras que ya nadie entiende porque están demasiado acostumbrados a las palabras cotidianas de la gente común y han perdido el gusto por aquellas que sabían evocar la música de los faunos y las risas de las ninfas.
¿Cómo se escribe en un mundo cuyos seres han endiosado lo común, dejando sólo al vate en la selva sagrada? ¿A quién admirar y llamar maestro si las luminarias, agriadas por el descontento de la soledad, nos han abandonado?
miércoles, 10 de diciembre de 2008
La escritura y las ciudades
A veces uno está inspirado.
No es que quiera hablar en desmedro del trabajo de la escritura, pero creo que uno tiene esos días en que las letras fluyen con tanta facilidad que cualquier otro intento, en cualquier otro día y lugar, parece un terrible tormento.
Uno puede pasarse años esperando ese momento si sólo se deja llevar por las ganas y las energías, después de todo ¿quién tiene energías en las ciudades de hoy día?
Sin embargo... y sí, se la veían venir...
Cuando uno no puede escribir, sentarse y esforzarse puede resultar en un bloqueo aún más grande que la mera falta de ganas: la constante tentativa de plasmar nuestros pensamientos puede llevarnos a la desesperación si no lo logramos o, aún peor, el permanente esfuerzo por encontrar temas de representación puede llevarnos a un agotamiento mental. Claro que, si no encontramos temas en la gran ciudad, llena de tipos y caracteres, ¿dónde vamos a hacerlo?
En cualquier otro lado, después de todo no es lo interesante el espectáculo sino la lente con la que se lo mira la que lo vuelve escribible, ¿o me lo van a negar? Ahora es cuando arguyen que hay cosas realmente desopilantes que uno no puede dejar pasar, pero entonces hay que tener en cuenta que no todos estamos hechos para escribir sobre "desopilaciones".
Los habitantes de la gran ciudad sabemos que, para poder escribirla, hay que ser parte de ella y, al mismo tiempo, mirarla como turista. O sea, hay que ser la mejor esponja de la Michelin (y ver el paisaje ajeno como propio de tanto conocerlo) o el mejor niño eterno (y jamás perder la capacidad de sorpresa frente a lo que tenemos delante).
Sea como sea, entre talento y trabajo hay un fino equilibrio que es difícil de mantener agotados por las exigencias de las ciudades pero imposible de lograr sin su permanente inspiración.
No es que quiera hablar en desmedro del trabajo de la escritura, pero creo que uno tiene esos días en que las letras fluyen con tanta facilidad que cualquier otro intento, en cualquier otro día y lugar, parece un terrible tormento.
Uno puede pasarse años esperando ese momento si sólo se deja llevar por las ganas y las energías, después de todo ¿quién tiene energías en las ciudades de hoy día?
Sin embargo... y sí, se la veían venir...
Cuando uno no puede escribir, sentarse y esforzarse puede resultar en un bloqueo aún más grande que la mera falta de ganas: la constante tentativa de plasmar nuestros pensamientos puede llevarnos a la desesperación si no lo logramos o, aún peor, el permanente esfuerzo por encontrar temas de representación puede llevarnos a un agotamiento mental. Claro que, si no encontramos temas en la gran ciudad, llena de tipos y caracteres, ¿dónde vamos a hacerlo?
En cualquier otro lado, después de todo no es lo interesante el espectáculo sino la lente con la que se lo mira la que lo vuelve escribible, ¿o me lo van a negar? Ahora es cuando arguyen que hay cosas realmente desopilantes que uno no puede dejar pasar, pero entonces hay que tener en cuenta que no todos estamos hechos para escribir sobre "desopilaciones".
Los habitantes de la gran ciudad sabemos que, para poder escribirla, hay que ser parte de ella y, al mismo tiempo, mirarla como turista. O sea, hay que ser la mejor esponja de la Michelin (y ver el paisaje ajeno como propio de tanto conocerlo) o el mejor niño eterno (y jamás perder la capacidad de sorpresa frente a lo que tenemos delante).
Sea como sea, entre talento y trabajo hay un fino equilibrio que es difícil de mantener agotados por las exigencias de las ciudades pero imposible de lograr sin su permanente inspiración.
viernes, 5 de diciembre de 2008
La palabra justa
Para muchos de nosotros que amamos escribir más allá de nuestro talento, el blog es una excelente descarga de tensiones. Podemos elaborar las historias que queramos sin tener que rendirle cuentas a nadie más que a nuestra conciencia, pero (siempre que las cosas son buenas hay un pero de por medio) la extensión es regla. Hay una verdad más verdadera que el color del cielo o de las nubes y es que el lector promedio de blog, no tolera los escritos largos. Por ende, si queremos trasponer las barreras de la soledad, los escritores debemos atenernos a la brevedad. Pero claro, acá comienza el gran dilema: ¿cómo ser efectivo en las imágenes, cómo recrear todo un ambiente o caracterizar personajes en pocas palabras? Y la respuesta es evidente y dolorosa: eligiendo la palabra justa. ¿Por qué dolorosa se preguntarán ustedes? Porque la palabra justa es diferente en cada caso. No, en serio, es diferente. Para alguien como yo la palabra justa es aquélla que etimológicamente dice lo que quiero expresar, pero para otros, la palabra justa es la que evoca (por semejanza, proximidad fonética o vivencial) la idea que pretendo transmitir. Nos vemos entonces en la disyuntiva de los viejos tiempos: ¿para quién escribimos? Los tiempos modernos nos han privado del lujo de la extensión a cambio de la vida, pero nos han obligado a conocer a la masa informe que se mueve detrás de los circuitos y transita el mundo en haces de luz a riesgo de perder la vida que ofrecen. Será cuestión de desarrollar una nueva erudición donde las palabras brillen cada una y sean impermeables para poder siempre mantener el poder y no perderse en las uniones deliciosas y licenciosas que debilitan su significado individual.
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